NATURALEZA MUERTA 2011

ABRIL 2011

Inmoral: una fábula sin moraleja Domesticados por la pluma de Esopo los animales dejaron su estado salvaje para educarnos con un mensaje moralizante. En sus fábulas encontramos que el éxito o el fracaso en nuestras vidas depende de las decisiones que tomamos para resolver los conflictos y las adversidades que se nos presentan. Para algunos la imagen de Esopo puede parecer la de un viejo afable y sonriente creador de imágenes animadas como un antepasado de Walt Disney. Para otros, como Diego Velázquez, Esopo se advierte como un viejo desaliñado y andrajoso que con mirada indiferente y cargando siempre un libro bajo el brazo nos recuerda más a Henry Darger y sus Vivian Girls que al creador de Mickey Mouse y Disneyland. Es tal vez esta imagen de Esopo pintada por Velázquez la que inspiró a Valerie Campos a dibujar sus propias fábulas donde, a diferencia de La liebre y la tortuga, los animales no han sido domesticados y los hombres se han vuelto primitivos y salvajes. Salvaje se dice de las plantas y animales que en estado natural no han sido tentados por la mano del hombre y crecen en libertad. En los cuadros de Valerie Campos, por el contrario, el hombre ha corrompido y mancillado la naturaleza hasta el cansancio y con ello también su libertad. En la antigüedad el género de la naturaleza muerta exaltaba los sentidos representado el olfato, el gusto, el tacto, la vista y el oído con diferentes objetos situados alrededor de la mesa en fastuosos banquetes que parecían conmemorar el final de una larga orgía, solo para recordarnos como la moraleja de una fábula de Esopo, lo efímero de la vida y el triunfo de la muerte por sobre todas las cosas: «Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris». En las obras de Valerie Campos la naturaleza muerta deja de ser un género pictórico para convertirse en afirmación. Para ella la sociedad se va pudriendo como el trozo de pescado abandonado sobre un plato en un viejo bodegón. Desde su comienzo en la abstracción hasta sus pinturas figurativas su trabajo se ha caracterizado por un espíritu salvaje e irreverente. Las telas rotas o rasgadas de sus primeras pinturas dan cuenta de esto, como las cicatrices marcadas en la piel tras un accidente sus cuadros llevan labradas permanentemente las marcas del tiempo. Teñidas de negro y dibujadas con la delicadeza de un fino brocado las fábulas de Valerie Campos narran los miedos y los horrores de un mundo ahogado en sus propios excesos, donde el morbo de la vejación trata de ocultarse tras el saco en la cabeza de los condenados en Abu Ghraib. Al otro lado, en un campo florido, acariciado por el deseo otro imagina ser espantapájaros para tratar de alejar a los cuervos que lo esperan al apagarse la luz como los buitres acechan un animal moribundo. Finalmente, sentados indiferentes como un personaje más de sus cuadros, entre el olor a muerte de las flores de una corona fúnebre, contemplamos la naturaleza librando una batalla feroz ante la peor de sus plagas: el hombre, que enfermo por la ambición ha olvidado su esencia para volverse en su contra, matando a la gallina de los huevos de oro para hurgar en su interior, como en la fábula de Esopo. Aún así, en medio del paisaje gris y erosionado de su tela se traza nuevamente la esperanza en su estado natural, salvaje y libre como en un principio, entre ramas y retoños que traen a nuestra memoria la sentencia de Anselm Kiefer acerca de las ruinas de la civilización: Over your cities grass will grow. Sobre sus ciudades el pasto crecerá. Heriberto Quesnel Ciudad de México, febrero 2011.
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